Estas dos actividades –consideradas expresiones básicas de la condición humana–se trasformaron en conductas trasgresoras, en época de pandemia.  La antropología social está expectante cómo la sociedad retomará la llamada “normalidad festiva”, esa que fue puesta bajo sospecha y distancia por un minúsculo pero poderoso coronavirus. Pero no en Iquique, Alto Hospicio ni las comunidades de Tarapacá. 

Isabel Frías 

Periodista U.C. 

Cuando yo era joven, los besos en la boca estaban prohibidos por la religión y ahora (que soy mayor) los tengo prohibidos por la ciencia. Antes, el castigo era el infierno. Ahora, la neumonía atípica”. 

Con esta reveladora confesión personal, el escritor español Juan José Millás escribió un brillante artículo acerca de la anatomía del beso en época de pandemia. 

El autor de la popular novela “Papel Mojado” (1983) realiza un recorrido por los principales hitos literarios que toman los besos como fuente de inspiración y de análisis: “Morimos por atragantamiento más fácilmente que ningún otro mamífero. De hecho, estamos diseñados para atragantarnos, lo cual resulta sin duda un extraño atributo”, sostiene Bill Bryson, el conocido autor de “El cuerpo humano” y quien advierte que la boca es un lugar sospecho: Una afirmación que es una metáfora poética, pero también un lapidario hecho “sanitario”.  

La tesis de Millás es que el beso –tanto el social como el sexual– se convirtió en un gran tabú (algo que no se habla ni comenta) por efecto directo de las medidas de resguardo que impuso esta pandemia global. 

Con la destreza de un avezado cirujano verbal, Bill Bryson nos detalla los peligros que acechan tras los besos de los amantes: “…Tenemos ahí dentro, en la boca, estratégicamente repartidas, 12 glándulas salivales con las que segregamos en torno a un litro y medio de saliva al día, de ahí que traguemos unos 30.000 litros literales a lo largo de una vida media”.  

La OMS, por su parte, insiste justificadamente que la boca y las fosas nasales son las dos principales vías por donde ingresa el Sars-coV-2 al organismo, por lo cual toda medida de autocuidado debe aislar esos dos puntos estratégicos del cuerpo con la mascarilla de rigor. 

Todo lo demás es música. 

Ninguna autoridad, de ningún gobierno, ha dicho que la gente no pololee, tampoco que las parejas (que no conviven bajo el mismo techo) se abstengan de mantener relaciones íntimas: Si llegaran a traspasar este tabú, caerían en las encuestas de aprobación ciudadana en cosa de minutos y perderían cualquier evento eleccionario. 

Es que el beso y el romance tienen su fuerza, tan subterránea como poderosa. 

A BAILAR, A BAILAR 

Un terreno son los besos y otro es la danza. Sabemos que toda la región de Tarapacá aprecia el baile, en las más diferentes manifestaciones culturales; sea en las distantes localidades andinas, las festividades en pleno corazón de la pampa, en los ritmos tropicales que enaltecen las comunidades provenientes de países más cercanos al Caribe, y también en los desfiles de bailarines. Porque ésta es una tierra que lleva la fiesta urbana en la tradición más perpetua que es la sangre de la cultura. 

Acá en Iquique o en Alto Hospicio tampoco se habla mucho de cuándo volveremos a escuchar a las bandas de bronces mientras acompañan Tinkus o Diabladas. Tampoco existe mucho registro del devenir que han tenido nuestras discotecas ni salones de baile, particularmente los más conocidos de cueca y tango. 

No hay un pronunciamiento público aún, pero se sabe que la antropología social en temporadas venideras podrá tapizarnos de estudios e investigaciones sobre lo que ha significado para la zona norte tener que “vivir sin bailar”. 

NUESTRA REGIÓN “RESISTE” 

Volviendo a la referencia obligada de la OMS: Las celebraciones no sólo están prohibidas a nivel familiar, sino que las fiestas urbanas, religiosas, conciertos, desfiles o manifestaciones similares han quedado proscritas para resguardar la salud pública. 

Los países latinoamericanos, en todo caso, serían los más afectados con este fenómeno inédito de vivir sin bailar.  

Sin embargo, todas las naciones de nuestro continente –ése que va de México hasta el Chile profundo de la Patagonia– se han mostrado resistentes a cumplir con la imposición internacional que exige “distancia social” en nuestras relaciones interpersonales. 

La explicación aporta tristeza y belleza a la vez: Para los países europeos, asiáticos y las naciones musulmanas en general, besarse y bailar son temas estrictamente “privados”, e incluso mal vistos si aquellos se manifiestan en los espacios públicos. 

En Iquique, Alto Hospicio, Pica, San Lorenzo, Villa Blanca o Colchane, mucha gente añora que se invente un “salvoconducto” para salir por las calles a bailar.  Sin embargo, esas personas saben que los besos pueden ser “cometidos” en la clandestinidad, y que no existe autoridad ni tribunal que sea capaz de ejercer ninguna prohibición eficaz contra ellos (los besos). 

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