Robot chileno se luce atendiendo a enfermos de Covid

Bautizado con el nombre de “Pudú”, esta maravilla tecnológica, se ha convertido en todo un suceso en la atención hospitalaria durante la pandemia. Sus creadores lo diseñaron pensando en la teleasistencia a personas infectadas y aisladas. Entre sus ventajas están la protección que brinda al personal de salud, el ahorro en insumos de protección, la ecología de sus procesos y cómo mitiga la gran soledad de estos pacientes. 

Isabel Frías 

Periodista U.C. 

El pudú ya no es solo el ciervo más pequeño y una especie
protegida en nuestro país. Ahora, durante esta pandemia, este curioso ejemplar
ha pasado probablemente a la historia de la medicina chilena luego que
inspirara a un grupo multidisciplinario de profesionales, quienes han logrado
desarrollar el primer robot que opera en la atención hospitalaria en nuestro
país. 

En esta gran hazaña se han confabulado, de manera
virtuosa, una cantidad increíble de talento e imaginación humana en un equipo
de pioneros de la robótica. Esto profesionales provienen del Hospital Clínico
Universidad de Chile (HCUCH), el Hospital San Juan de Dios y la Facultad de
Ciencias Físicas y Matemáticas de la Casa de Bello (FCFM). 

Según el propio grupo ha explicado a la prensa local e
internacional, el desarrollo tecnológico fue pensado como un “robot social”;
esto quiere decir que –a diferencia de muchas otras experiencias– Pudú es una
maquina ideada para interactuar con seres humanos que se encuentran aislados
dentro de un recinto hospitalario y que requieren ayuda sanitaria, pero también
afectiva y emocional.  

La experiencia está funcionando en fase de Etapa
Piloto, pero totalmente abocada a casos reales de enfermos con covid19. Estos
han sido cubiertos por Pudú en sus requerimientos de teleatención médica, como
también en sus necesidades de comunicación con familiares y amigos.  

Esta última tarea, Pudú la realiza acercando imágenes
con sonido de los seres queridos: se trata de un gran “detalle”, que logra
infundir un gran aliento y motivación entre quienes viven momentos muy
complejos al interior de un hospital.  

De hecho, una de las impulsoras de esta iniciativa fue
Verónica Vargas, una psicóloga que está a cargo del área de Salud Emocional de
la Unidad de Pacientes Críticos, del Hospital de la U. de Chile. 

En conversación con prensa extranjera, la psicóloga
explicó que el proyecto surgió luego de generarse una gran premura de continuar
las atenciones de salud mental de los pacientes infectados, producto que el
covid19 tiene un doble impacto, uno físico y otro de orden anímico, además de
“trastornos afectivos, compromisos de conciencia o compromisos cognitivos, por
lo que la presencia de un psicólogo es sumamente importante»,
explicó. 

ADAPTANDO UN ROBOT DOMÉSTICO 

Sin embargo, a esa premisa se unieron otros elementos
que un robot social debía proporcionar. Uno de ellos fue la necesidad de
ahorrar en insumos de protección personal que –en algún momento – se evidenció
como escaso y, en todo caso, finito. 

Otro factor relevante estuvo en poder disminuir las
posibilidades de contagio del personal de salud, el cual ha estado muy
tensionado durante todo el período de pandemia, con tiempo libre muy acotado
por turnos exigentes ya que una parte significativa de empleados se ha
enfermado y debido hacer cuarentenas como cualquier otro enfermo. 

Lo primero que hizo esta psicóloga intensivista fue
indagar en quiénes han trabajado en Chile en telemedicina, pregunta que se
resolvió cuando entró en contacto con el doctor Mauricio Salazar, neurólogo,
quien creó un proyecto de teleasistencia médica a pacientes neurológicos. 

Ambos profesionales aunaron criterios para superar las
dificultades, donde uno de los más llamativos provenía de tener que utilizar
teléfonos celulares o tablets de los propios médicos y «no todos están
dispuestos a utilizar sus dispositivos ya que “pueden ser considerados como
vectores de contagio». 

La solución provino entonces de la robótica y la
Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) donde Javier Ruiz Del Solar,
académico y director ejecutivo del Centro Avanzado de Tecnología para la
Minería aceptó el desafío junto a algunos de sus alumnos. 

«Ese robot –contó– ya existía y nosotros lo
adaptamos a esta nueva aplicación”, transformando un prototipo antes pensado
para labores doméstica en espacios hogareños. 

SANITIZABLE Y MUY RESERVADO 

Una tarea clave para desarrollar a Pudú fue hacerlo
fácilmente sanitizable. En la práctica, aquello implicaba que una vez que el
robot atendiera a un paciente infectado, el robot debía ser sometido a todos
los procesos de limpieza: esto se tradujo en un cuerpo simple, de línea
minimalista y materiales lavables. 

Finalmente, el tercer aspecto era que pudiera ser
usado por cualquier persona, sin requerir mucho entrenamiento salvo el
requerido para usar un celular, por ejemplo. 

«Para esto nosotros le hicimos una interfaz que
está basado en una consola de videojuego, los Xbox, se maneja con un Xbox.
Además, tiene varias lucecitas que indican cuánta batería le queda, y además el
robot porta una pantalla que es un Tablet, esa pantalla es la que le va a
permitir al paciente comunicarse con su familia o con personal médico»,
detalla el académico ligado a la investigación minera. 

Una vez armado, el robot tuvo varias pruebas
presenciales, y fue evaluado por el departamento encargado del manejo de infección
intrahospitalaria, el que dio las últimas recomendaciones y nació oficialmente
este singular Pudú, que es animal reconocido como una especie de «servidor
de la salud mental». 

El equipo desarrollador destaca que, además, Pudú
aporta a la salud mental de los pacientes con covid, pero lo hace en un
ambiente de gran privacidad, “cosa que hasta el momento no se había considerado
con otros dispositivos tecnológicos”. 

Además, Pudú es ecológico, porque el personal médico
no debe utilizar elementos de protección que luego deben ser desechados, sino
que se comanda a distancia por un operador.  

«Si estoy viendo siete pacientes al día, son
siete pecheras de plástico que estoy botando, son catorce guantes que estoy
botando, son dos mascarillas que estoy botando y eso multiplícalo por una
semana o por un mes, por seis meses y solo yo», detalla la
psicointensivista Verónica Vargas.  

Esta experiencia ha sido motivo de mucho interés en
otros hospitales del mundo y pronto el equipo deberá sentarse a proyectar el futuro.
Por lo pronto, ha brindado un gran aporte y poco dudan que cambiará la atención
médica en un futuro cercano.