Fotos: Daniel Troncoso

Cientos de alegres y festivas personas participaron ayer en el cierre del Carnaval del Morro, con el entierro o quema del Rey Momo, tradicional y masiva actividad que se realiza en la playa Bellavista, previo a un recorrido con “tutti” por las calles ese histórico barrio.

La tradicional quema del Rey Momo en playa Bellavista.

Cientos de personas participan en esta actividad morrina, nadie se salva, es una gran fiesta, además que todo puede pasar, nadie se enoja, arrancar no es cobardía, con huevos harina y todo  lo que pueda causar risas y diversión.

 

El Barrio El Morro y su Carnaval

(Iván Vera Pinto Soto, antropólogo social, Magíster en Educación Superior)

 Desde mi nacimiento, en una antigua vivienda de la primera cuadra de la calle San Martín con Aníbal Pinto, he tenido una estrecha relación sentimental con el barrio El Morro, uno de los suburbios más tradicionales de Iquique.  Recuerdo que al terminar los años 50, del siglo pasado,  la zona era una agradable arteria llena de casas y veredas de pino Oregón, habitadas por pescadores, obreros, empleados y pequeños comerciantes. Vivía gente humilde, tal vez más pobre que ahora, pero con un sentido de la solidaridad mucho más rico que el actual. Ningún vecino se moría de hambre, pues no faltaba la mano amiga que le brindaba un pescado o una bolsa de mariscos para “salvar el puchero”.

En esa época, cuando el desprendido mar entregaba a la ciudad los recursos aparentemente inagotables, cursé mis estudios primarios en la desaparecida Escuela No 3, en la calle Zegers 159, contigua a la Escuela Normal de Iquique.

Más tarde, a finales de la misma década, atraído, tal vez, por una energía profunda comencé a frecuentar la Sala Veteranos del 79, ubicada en la calle Zegers 150, allí funcionaba el Coro Polifónico Iquique, fundado el 7 de septiembre de 1956 por el maestro Dusan Teodorovic, quien además fue el responsable en gran medida del desarrollo coral del norte grande. Sin embargo, no fue la música lo que me atrajo a ese recinto, sino más bien los ensayos de teatro que realizaba Nesko, el hijo del maestro Teodorovic, quien fuera asesinado el año 1973 en un camino despoblado de Antofagasta, en plena dictadura militar.

Después de estudiar un lapso largo en el Perú, el destino me hizo regresar a mi barrio y desde el año 1979 a la fecha sigo desarrollando allí la pasión de mi vida (teatro), en la emblemática aula que albergó desde el 21 de mayo de 1905 a los veteranos de la Guerra del Salitre.

Al pasar el tiempo, con una mirada nostálgica y romántica, retorna a mi memoria visiones, recuerdos y personajes que marcaron huellas en ese sector poblacional y en nuestra memoria colectiva. Debo reconocer que El Morro constituye parte de nuestro patrimonio cultural y encierra muchas de las raíces que se asocian con un antaño empapado de altos y bajos de nuestra historia local.

Hay que recordar que los primeros habitantes de Iquique se establecieron en una pequeña isla que Guillermo Billinghurst en su prolífera y documentada “Geografía de Tarapacá” reconoce como los Changos, quienes en la época prehispánicas ocuparon los terrenos de una pequeña loma que sobresalía de los roquerÍos y playas y que, finalmente, terminó por llamarse El Morro.  Con el correr del tiempo, el sector fue poblado por otros habitantes, producto de la invasión Inka, y luego con la conquista hispánica.

La memoria no solamente registra datos, acontecimientos, fechas y figuras, sino también contiene sensaciones y emociones que surgen de nuestra sensibilidad y que guardan relación con nuestra cotidianidad más simple y quizás más ingenua. Es por ello que en mi mente aún conservo los momentos vividos en los baños Bellavista, cuando de pequeño el excelente profesor René Maldonado nos llevaba a hacer deporte en las arenas  de la costa o cuando en verano gozábamos de nuestras vacaciones bañándonos en aquel lugar todo el día y todos los días, hasta que el sol se escondía. Y en la tarde nos entrometíamos en las fuentes de soda apostadas  al lado del mar, en las cuales bullía la alegría, la música y la gente común y corriente que se divertían bailando y bebiendo alguna bebida helada para capear el fuerte calor que reinaba en esa estación.

A propósito de los baños Bellavistas, el desaparecido escritor morrino Patricio Riveros Olavarría, en su libro “El Cuento del Viejo Piojento”, nos ilustra lo siguiente:

“La Playa Bellavista del barrio costero El Morro: roqueríos llenos de pozas donde los niños pescaban pececillos como si fueran mariposas. Remansos del Pacífico conocidos por los morrinos como los rincones de sus casas. Le llamaban los Bellavista, pues mucho antes, en los tiempos en que Iquique era realmente tierra de campeones, radicaban allí los Baños Bellavista….Los morrinos conocían cada roca de los Bellavista, cada agua que entraba o salía, cada piedra del fondo marino. Sólo ellos sabían cuál era la roca llamada Puntiaguda, o la Cuadrada, o la isla Pepita; cual era  la Poza de los Caballos, la de los Cabros Chicos, o la Embarcada. Conocían los escondrijos de pulpos y los rincones de erizo…”

Ahora bien, si tuviéramos que distinguir un elemento más relevante que identifica a El Morro, diríamos que es su carnaval el que datan de los años 40 del siglo XX y que constituía una gran fiesta popular, libre, espontánea, lúdica, explosiva y de creación comunitaria. La fiesta continuaba día y noche y nadie se salvaba de ser mojado o embetunado con harina y papelillos. Las pandillas se multiplicaban por cuadras y la “guerra de guerrilla” con baldes, proyectiles de harina, brillantina, betún y pinturas llovían por doquier. Cuando llegaba el “Día de los picados”, nadie se libraba del agua. Esa jornada habitualmente el comercio y todos los trabajos cerraban sus puertas  y  no  se  iba  a  trabajar  en  la  tarde.

El Morro, lo mismo que en otros barrios, ha generado una variedad de personajes populares y personalidades insignes. Así por ejemplo, tenemos a dos Premios Nacionales de Historia: Lautaro Núñez Atencio (2002) y a Sergio González Miranda (2014). Qué decir de las decenas de deportistas destacados que han nacido en este barrio, por ejemplo, hay registro de equipos de waterpolo que desde el año 1938 han sobresalido a nivel regional y nacional, reviviendo la destreza natural de sus aborígenes los changos que se asentaron antes de la dominación Inka en toda esa costa.

Una de las instituciones que atesora desde 1931 el mayor caudal de deportistas sobresalientes es precisamente el club “Unión Morro”, el cual siempre se caracterizó por contar en sus filas excelentes cultores de la natación, el polo acuático, el fútbol y el básquetbol. Esta entidad a lo largo de su historia ha tenido un elenco de primer orden de deportistas y dirigentes que han llevado al mayor sitial a Iquique, gracias al pundonor de muchas figuras, tales como los gestores Héctor Dávila Silva y Freddy Ossa.

De de la historia más cercana del Club Unión Morro puedo citar a dos futbolistas: Jaime, “Pipi” Carreño Chaca y Héctor “caldillo” Vega. Sin temor a equivocarme, el deporte constituyó uno de los ejes principales de la sociabilidad e identidad de este barrio

Los personajes populares e hijos ilustres del Morro son muchísimos, entre otros tenemos: al “Indio Huiro”, el mítico y consecuente Freddy Taberna, asesinado el año 1973 por el gobierno militar, “Paisoca Soudre”, “Pitijallo”, “Choro Manteca”, “Loco Checura”, “Care Cuchillo”, “Gancho Guille”, Froilán “El carretero”, “Chicoria”, “El Piojo”, “Cojo Figueroa”, “Gringo Choche”, “Pichón Taberna”…Bueno, sería muy largo seguir enumerando.

No obstante, al transcurrir las décadas, este barrio – al igual que muchos otros de la ciudad – ha sufrido el deterioro, el abandono y el olvido. Poco a poco, han ido desapareciendo algunas instituciones y empresas que allí tenían instaladas sus dependencias, tales como:  la  compañía  eléctrica  y  de  gas  de  Iquique, la fábrica  de  hielo, la refinería  de  azúcar, la empresa  inglesa  de  agua  potable, la sucursal de  Cervecerías  Unidas, el Laboratorio del Salitre y Yodo de Tarapacá, maestranza, galpones de pescadores y de acopio de salitre, la línea del tren salitrero, el edificio Gamma, el regimiento Dolores, las fundiciones de las industrias Sparenberg y Jiménez, la fábrica de medias de Andrés Morice, las escuelas Nº 3 de varones y  Nº7  de mujeres, la iglesia del  Santísimo  sacramento que regentaba el querido cura Domingo Soto y tantos otros espacios que ya no existen.

Pero, por sobretodo, ha ido perdiendo su propia identidad. Las casas de maderas han sido derruidas para dar paso a sendos edificios que asoman como hongos en el casco tradicional de la ciudad y otras que han sido devoradas por los incendios, convirtiéndose muchas de ellas en estacionamientos de autos. Los antiguos rincones de la bohemia portuaria de antaño han sucumbido a la instalación de pubs, bares y restaurantes que difunden una cultura híbrida y ajena, salvo algunas excepciones de algunos emprendedores y empresarios gastronómicos que mantienen en sus menús las viejas recetas y platos en base de mariscos y pescados. Lamentablemente, la suciedad, la falta de manutención por las construcciones tradicionales, la delincuencia y la pobreza de sus habitantes ha marcado la nueva cara de este barrio ceniciento que se resiste a perecer.

A pesar de todo ello, muchos “morrinos”  aún oponen resistencia a los avatares de los nuevos tiempos, a las crisis sociales y también al desdén de las autoridades. Ellos se mantienen con la frente en alto, tal como lo hicieron sus antepasados, cuando tuvieron que enfrentar los terremotos que azotaron a Iquique con inusitada furia en los años 1868 y 1877 y la salida del mar que ocurrió en 1896. Hoy por hoy, los hijos de esos heroicos morrinos, por nada se cambiarían de barrio para encerrarse en los modernos condominios. Muchos de ellos, aunque siguen trabajando en otras actividades y en otras zonas, no pierden la raigambre y el asentamiento en ese barrio, guardando la esperanza de un día mejor.

Despintadas y viejas, venciendo a los movimientos telúricos y al paso del tiempo, dos emblemáticas instituciones: la Sala Veteranos del 79, perteneciente a la Universidad Arturo Prat y el Club Unión Morro, se erigen como monumentos culturales que proyectan deporte y arte a sus vecinos y a toda la ciudad, con el fiel propósito de rescatar, poner en valor y difundir la identidad local y regional más allá de sus marcos institucionales. Estas dos entidades son producto del reconocido esfuerzo, empuje, superación y preocupación de los morrinos y de sus hijos que intentan enaltecer nuestra cultura iquiqueña.

Al final de cuentas, los iquiqueños todavía esperamos que algún día las autoridades de turno rescaten y pongan en valor decididamente y de manera integral el patrimonio material e inmaterial de El Morro, con lo cual permita mejorar la imagen cultural urbana de la ciudad, que restablezcan los dispositivos identitarios  que nos representan y que coadyuven a optimizar la calidad de vida de sus habitantes.

 

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