La alerta la hizo la ONU, cuya máxima autoridad advierte que 24 millones de alumnos están al filo de abandonar el sistema educativo, por la crisis del coronavirus. El siguiente efecto de este evento “invisible” sería una generación entera condenada a mayor cesantía, empleos mal remunerados y un tipo de pobreza «sistémica». 

Isabel Frías 

Periodista U.C. 

Entramos en el octavo mes del año y la mayoría de los adultos perdimos la cuenta sobre el tiempo que los estudiantes no han asistido a escuelas, liceos ni colegios, durante este fatídico 2020.  

Es este fenómeno de “invisibilidad” el que explica –en parte– que los niños y adolescentes están siendo señalados como el grupo más afectado por la pandemia del coronavirus. Y también el menos visible y menos evidente. 

Desde el inicio del brote de SARS-coV-2, los ojos del mundo se han puesto sobre la población adulta mayor, por razones estrictamente de salud.  

Sin embargo, a los alcances dramáticos que esta pandemia está dejando en la economía de los hogares y los países, la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha levando la voz de alerta sobre el desastroso efecto que la emergencia sanitaria tendrá sobre al menos 24 millones de niños que podrían abandonar sus estudios formales. Y para siempre. 

TELE-EDUCACIÓN, IMPOSIBLE PARA ALGUNOS 

No hay que ser un gran analista internacional para entender que esta infancia y adolescencia dañada por la pandemia proviene de hogares vulnerables, para quienes la escuela es –lejos– su única opción de doblarle mano a la pobreza, en muchos casos extrema. 

Cuando se decretaron las cuarentenas obligatorias, tanto en Europa, Asia y América, muchos expertos y docentes advirtieron de la inconveniencia de la medida para efectos educativos y formativos. 

A poco andar, el desarrollo de la pandemia se llenó de nutrida estadística sobre contagiados, recuperados y fallecidos. Pero muy poco se reparó en que la tele-educación era un imposible especialmente en América Latina, que tiene grandes bolsones de pobreza y desigualdad. 

Esa desigualdad tomó una arista tecnológica que las autoridades políticas y sanitarias no supieron o no quisieron difundir y quedó al descubierto una situación que asombró incluso a ministros: Estudiar dentro de una vivienda estrecha, hacinada, de materiales precarios, sin conexión a internet y sin computador puede convertirse en la “tormenta perfecta” para el futuro de un niño. 

«Nos enfrentamos a una catástrofe generacional que podría desperdiciar un potencial humano incalculable, minar décadas de progreso y exacerbar las desigualdades arraigadas».  

LA MAYOR DISRUPCIÓN 

Esas palabras son parte del diagnóstico que hizo hace algunos días Antonio Guterres, Secretario General de Naciones Unidas. Para el alto funcionario, el cierre prolongado de las escuelas por la pandemia plantea el riesgo concreto de una «catástrofe generacional».  

El líder de la ONU llamó esta semana a que los países dieran prioridad a la reapertura de sus colegios, una vez que tuviesen controlada la transmisión local del coronavirus. 

Además, el alto funcionario pidió que se mantenga la continuidad en el aprendizaje, sobre todo en el caso de los estudiantes con menos recursos materiales.  

En justicia habría que decir –como reconoció el organismo mundial– que el brote de covid19 en realidad “solo ha venido a agudizar la crisis de educación que el mundo vivía antes de la pandemia y que ya contaba con números impresionantes:  250 millones de niños en edad escolar no estaban escolarizados y, en los países en desarrollo como los latinoamericanos, solo una cuarta parte de los alumnos secundarios terminan sus estudios con competencias básicas. 

El resto de ese grupo de adolescentes –los que terminan la enseñanza media– deberán conformarse con trabajos precarios, inestables y mal remunerados debido a su mala formación académica, escasas destrezas laborales y sin soporte tecnológico para un mundo que ya está digitalizado en sus principales actividades productivas. 

La pandemia, afirmó el secretario general de la ONU, ha causado «la mayor disrupción que ha sufrido nunca la educación», alertó Guterres, mientras llamó a los gobiernos a encarar un desafío educacional mayúsculo.  

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