Proveniente de una familia criolla de ascendencia vasca, ella no solo bordó personalmente nuestra primera bandera, la de la “Patria Vieja”. También fue gran promotora (y financista) del proceso de la independencia de Chile. Por apellido se la asocia a sus hermanos, pero en realidad tuvo méritos propios para ser reconocida como una protagonista de elite, cuando nuestro país iniciaba el camino de convertirse en república independiente. Las actuales generaciones tenemos una deuda pendiente con ella. 

Isabel Frías 

Periodista U.C. 

Si se leen las reseñas por internet, Francisca Javiera de la Carrera y Verdugo aparecerá consignada – básicamente–  como “la hermana de los Carrera” y como la persona que bordó la primera bandera chilena, la de la Patria Vieja. 

Es necesario hojear muchos libros – de mayor espesor histórico y académico–  para poder aquilatar el verdadero sitial que le corresponde a esta mujer criolla (nacida en el territorio nacional) y que formó parte activa del grupo de vecinos que promovió el vigoroso proceso de independencia, ése en que José Miguel, Juan Ignacio y Luis Carrera aparecen con sitiales más que consolidados y merecidos; lo mismo que Manuel Rodríguez y, por supuesto, Bernardo O’Higgins Riquelme. 

La razón de la falta de conocimientos de la población sobre Javiera Carrera tiene varias explicaciones. La primera es que fue hija de Ignacio de la Carrera y de las Cuevas, quien fue un ilustre militar que posteriormente devino incluso en Alcalde la ciudad de Santiago, pero que reunió un patrimonio importante, tras heredar de su abuelo grandes riquezas extraídas de las minas Tamaya, en Coquimbo. 

En otras palabras, la posición económica de su familia fue un escudo protector para los prejuicios que, en esa época, estaban asociados fuertemente a las mujeres, porque no tenían autopotestad sobre sí mismas, sino que era primero el padre y luego el marido quien decidía las cuestiones centrales de sus vidas.  

A Javiera Carrera el ámbito familiar en que se movió le facilitó que aprendiera idiomas y contar con un amplio acceso a los libros, un verdadero lujo en un siglo que eran muy pocas las personas “alfabetizadas”. 

EDUCACIÓN PRIVILEGIADA 

En la práctica, Javiera Carrera recibió una formación “excelsa”, la que partía en el dominio de todas las labores propias del mantenimiento del hogar y la familia; entiéndase, los protocolos sociales asociados a la buena mesa, vestuario, recepción de invitados, cultivo de una “conversación amable”, música, buenos modales. Y, por supuesto, bordado y otras técnicas similares que demandan motricidad fina avanzada y un cultivo excepcional de la paciencia. 

Como era de prever, pronto contrajo matrimonio y el novio escogido para ella fue Manuel de la Lastra y Sotta, de quien enviudó poco tiempo después cuando Javiera Carrera apenas tenía 19 años.  

De esta relación, nacieron dos hijos, Manuel Joaquín y Dolores, y por su juventud no le fue difícil contraer segundas nupcias oportunamente (1800) con Pedro Díaz de Valdés, un español venido a Santiago en condición de regidor y asesor de la Capitanía que éramos entonces.  

Con este marido, Javiera Carrera tuvo cinco hijos: Pío, Ignacio, Santos, Pedro y finalmente Domitila. Y su biografía cierra con un dato que rompe la estadística de salud pública colonial: La más ilustre criolla de las páginas de nuestra historia murió cuando tenía 80 años, desconociéndose –por falta de registro– qué otros hitos aportó a la vida pública nacional, ya que ésta era patrimonio obligado de los varones y solo la contingencia sacó a relucir aquel espíritu patriota que la caracterizaba. 

INDEPENDENCIA CON ROSTRO DE MUJER 

El foco central del recuerdo sobre Javiera Carrera se centra sobre 1810, cuando la situación política de Chile se volvió tensa debido a la búsqueda de la independencia: Fue en ese momento en que ella apoyó a los revolucionarios de las más variadas formas imaginables: Informándoles de los movimientos de las tropas “realistas”, escondiendo las armas que huasos luego repartían entre los criollos rebeldes al poder monárquico e incluso, el imaginario popular, guarda la imagen de esta mujer levantando el ánimo de las tropas caídas con comida y… hasta música. 

Es este arte el cual ha permitido que su figura aún persista entre estudiantes y adolescentes. Y es que la refalosa o zamacueca dedicada a “Doña Javiera Carrera” se ha bailado y cantado en las escuelas desde siempre. 

Ahora resta aprender más. Tal vez apoyar investigaciones, tesis y memorias que aporten nuevas luces sobre la desconocida historia de las mujeres que han construido la Patria o “la Matria”. O como sea que las redes sociales bauticen el fenómeno y lo revivan para las generaciones posteriores. 

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